En el contexto de una Argentina que se debate y se pierde por el poder, el realismo de las lecturas de la liturgia de este fin de semana nos ubica en el justo lugar que tienen los hombres y sus cosas. Contiene una profunda paradoja entre “la vanidad y el valor”. Las primeras palabras del libro del Cohelet hablan de la vanidad de todas las cosas; en cierto sentido, de la de los esfuerzos, de las actividades del hombre en esta vida, de la de todas las criaturas en cierto modo.

Nos encontramos ante un interrogante: ¿por qué la vanidad y por qué el valor? ¿Qué relación los une entre sí? La respuesta no trata de dar un juicio sobre lo creado. Se trata del camino de la sabiduría. Y lo que dice Cristo en el Evangelio de hoy es una prolongación de esa sabiduría del Antiguo Testamento: habla, a través de ejemplos y parábolas, del hombre que ha limitado el sentido de su vida a los bienes de este mundo. Los ha poseído en tanta cantidad que ha tenido que construir nuevos graneros para poder contenerlos todos. A él, Cristo le dice: “necio, esta noche pedirán tu alma”.

En la otra lectura, San Pablo dice que debemos buscar lo que está en lo alto. El hombre no puede encerrar el horizonte de su vida en la temporalidad; ni reducir su sentido al usufructo de los bienes. Tiene que ir más allá de sí mismo. Hecho a imagen y semejanza de Dios, debe verse a sí mismo en un lugar más alto y buscar un sentido en lo que está por encima de él.

Muchas veces el hombre es propenso a mirar su vida desde el punto de vista de la vanidad. Sin embargo Cristo quiere que la veamos desde el punto de vista del valor, pero teniendo siempre cuidado de utilizar la justa jerarquía de valores, la justa escala de valores. Cristo ha exhortado al hombre a la pobreza. Así estará abierto a Dios y a estos valores que nos vienen de su acción, de su gracia, de su creación, de su redención y de su Cristo (Fuente: pensamientos de Juan Pablo II).